Detrás del estrés existe un importante negocio

El estrés es una respuesta del organismo a una serie de estímulos exteriores como método de adaptación a las circunstancias. Hoy se ha demonizado mucho. ¿De beríamos aprender desde pequeños a manejar este tipo de situaciones de forma saludable y positiva?

-Sí. A través del ejemplo de la contemplación resulta fácil explicarlo. Es decir, se trata deponer distancia y desdramatizar la situación, porque si estamos sobreconcentrados en el problema, aunque la concentración sea buena, no podemos dar importancia a la globalidad y caemos en la obsesión. Esto da paso a la frustración, la rabia, la ira… todas esas emociones, que no son negativas en sí, pero son desagradables. Esto ya supone una forma de enfrentarnos a las situaciones, unaforma de reeducarnos en cómo yo veo las difi cultades. -Hay personas que encuentran en el estrés una palanca de motivación. ¿Existe gente con cualidades innatas para enfrentar estas situaciones mejor que otras? -Resulta cierto, y hasta un «pelín» injusto, que la Naturaleza ha dotado con más aguante a unas personas que a otras. De igual manera que las hay físicamente más corpulentas, existen organismos que son más resistentes a esta respuesta. Pero dicho esto, hay que evaluar que el estrés motiva, nos da mayores capacidades, pero no hay que quedarse enganchados a la adrenalina que se segrega en estas situaciones. -De ahí que también sea contraproducente vivir permanentemente en situaciones estresantes… -Tras experimentar el problema, se segrega la adrenalina, que sería la fase uno; después, en la dos, llega el momento de la acción que nos proporciona la unión de esta sustancia y el cortisol que han preparado al organismo para la toma de decisiones adaptativas, a una velocidad. Y luego de nuevo al estado de calma. Existe gente que si no vive esas situaciones de «subidón», piensa que está menos viva, se aburre. Por ello, se debe diferenciar entre una buena dosis de la sustancia y una mala. Porque siempre hay que volver a la fase tres, de recuperación. -El estrés es una epidemia silente del siglo XXI. ¿Provoca otras enfermedades y trastornos?

-Uno de ellos es el insomnio, pero no únicamente trastornos del sueño, por-que otras personas sufren problemas emocionales, la angustia, la irritabilidad; algunas tienen problemas de piel, como los eccemas, los digestivos…

-La respiración, ese volver a la calma que describe en el libro «#PositiveStress», ¿cómo benefi cia?

-Hay que hacerlo desde el ombligo, obligarse a parar y a tomar conciencia deque hay que llenar el organismo de nuevo de oxígeno.-Muchas veces, esto no se hace porque «tenemos que vivir deprisa», ¿no? -Lo cierto es que detrás del estrés hay un gran negocio. Si no vives en plan «no me da la vida», parece que no haces nada. Se premia el vivir estresado, porque asumimos que es cuando se hacen bien las cosas y no es así. Esta situación no es el estado natural del ser humano.

Y a lo dijo Serrat. Y yo me aplico el cuento. Días de intenso trabajo, agotamiento intelectual, sacrifi cios innecesarios de escritor obstinado en la redacción de unas memorias salvajes. Dicen quienes me acompañan que soy terco como una mula, que no tengo límite ni freno. Llevan razón. Vivir… Es lo único que importa. Destensar los músculos, entornar los ojos, frenar la mente, serenar la conciencia, reducir el voltaje y pasar de beta a alfa. Fluir y verbalizar ideas, imágenes, recuerdos, pensamientos, sentimientos y sensaciones. Eso es el verdadero elixir de laeterna juventud.

Empecé de pequeñito la tare ade averiguar lo que es la vida. Ahora comprendo cuán larga y accidentada es la ruta que conduce a Tebas. Y también a Ítaca, a Tombuctú, a Castilfrío y, sobre todo, a uno mismo. Encontré, hace más de seis decenios, una frase pintarrajeada en la pared de un cenáculo existencialista: Las Cuevas de Sésamo. Decía: «El arte empieza en aquel punto en que vivir no basta para expresar la vida». Me marcó. Leyéndola me di cuenta de que la vida no me bastaba para expresarla. Hoy, muchas, muchísimas, lunas después, creo que la vida es el mejor y único cauce de acceso a lo sublime y a lo subliminal. ¿Por qué? Porque la he visto pasar como un cometa y aunque he vivido mucho, no he visto en el mundo todo lo que hubiera deseado. No he visto todavía el Vellocino de Oro, ni el Jardín de las Hespérides, ni las amazonas disparando sus dardos. No he hecho el amor con la Nathalie Wood de «Esplendor en la Hierba» ni me he emborrachado con Huston. La vida está llena de fábulas y misterios que todavía no he contemplado ni desvelado. Mi madre solíadecirme que yo terminaría mis días sentado a la orilla de un río viendo pasar el agua como Sinuhé el Egipcio. Sea. Pero, calma, calma… Aún me queda mucho por hacer. He de llevar la antorcha hasta el estadio. Vivir, qué demonios, es creerse eternamente joven. Sin miedos ni barreras, pero con ese cuidado especial que a mí me permite mantener mi condición de eterno ragazzino, de inmarchitable Peter Pan, de alegre hippy de la década prodigiosa, de contumaz miembro del grupo de Bloomsbury en versión ibérica. ¿Seré todo eso? Quizá. He hecho una prueba. He pregunto a quien ahora me acompaña que si todavía seré joven. Ella, acostumbrada ya a mis dislates, me responde con una frase lapidaria que me emociona hasta la lágrima. ¿Joven?, pregunta. Y responde: «Yo te veo, más que nunca, con el mundo a tus pies. Seguro de ti mismo. Inmortal». La vida, la juventud, es siempre y eterna aunque dure diez minutos. Anoche me hicieron repetir, por una cuestión estrictamente personal, la vieja parábola de Machado: «…Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya; / porque la vida es larga y el arte es un juguete». Que siga el baile

Gracias a  PILAR PÉREZ por su artículo